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COLABORADORES / MANUEL MONTILLA

 ReVista OjOs.com   NOVIEMBRE DE 2017

Cuando la muerte viene a visitarte en Chiriquí.

Dos muestras de arte forense.

Noviembre 2017.

 

…frente a la muerte, nosotros, los hombres,

vivimos en una ciudad sin murallas.

Epicuro

 

 

 

Alfredo A. Castillo: ROSTROS DE LA VIDA PÓSTUMA, con poemas de Alauca.

Manuel E. Montilla: UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO, con poemas de Rimbaud

 

 

André Gide, cuyos libros prohibió la iglesia católica a un año de su muerte, acaecida en 1951, nos deja anotado: "Por no pensar lo suficiente en la muerte, ni el más breve instante de tu vida ha sido lo suficientemente valioso." Nos lleva, el Nobel de Literatura de 1947, a las yermas propensiones del óbito para que podamos amar más, comprender mejor, la vida. Frágil y evanescente cual se nos descubre. En fin, abarcarla a plenitud, darle intensidad. Entregarnos desaprensivos a su esplendor y a su miseria.

 

Comte-Sponville, por su parte afirma: "Para el pensamiento, la muerte es algo necesario e imposible." Por supuesto, estamos marcados con un velo que proyecta solo vacío. El misterio permanente que trastorna todos nuestros días. No sabemos qué es o adonde nos conduce. No nos es dado saber. La imposibilidad de vislumbrar lo impensado, o lo pensado y nunca transgredido.

 

Ahora dos artista del Valle de la Luna la enfrentan, nos la enfrentan. No para externar sus misterios, ello de nada serviría, sino para mirarla sin prisas desde la orilla cándida de los colores prevalentes y de la poesía inquisitiva. Al final la Poesía lo es todo, entonces también es la muerte.

 

Alfredo Augusto Castillo (ALAUCA), artista plástico formado profesionalmente en aulas de Costa Rica y Panamá, fotógrafo forense, rapsoda converso, vindicador etílico, reflexivo contracorriente. En su obra el color explota en haces lumínicos que integran desde formas naturales a pensamientos ancestrales, desde la vibrante paleta de los primarios a la seducción de las sombras. Líneas y cromaturas se mezclan para trascender en nuevas añoranzas de nuestras etnias originales. De personajes singulares, de la corte de los milagros chiricana, a esplendidos recuerdos de nuestro haber vernáculo. Ahora, Alfredo, enfrenta a lo innombrado con el escrutinio de la fotografía, la pintura, de las nuevas tecnologías y de sus creaciones poéticas.

 

Manuel E. Montilla, viandante, noctívago, inverecundo, disidente, semasiólogo. Lector irredento, y catecúmeno infractor, del divino marqués, del Aretino, de Quevedo, de Lucio Anneo Séneca, de los poetas malditos, de los pensadores sin horizonte y de las literaturas orientales. Apóstata, fornicario, abigarrado de lejanías. Filósofo enólogo. Múltiple y simple. El poeta costarricense Adriano Corrales Arias nos registra de su obra plástica: "Fragmentos minerales, piedrecillas, guijarros, partículas dispersas de la ceniza como granos de arena o polvo de estrellas. Tamiz del color y la forma en el pigmento que se acrisola en el fogón de la cultura, sumergido en los océanos de la historia". En está ocasión Montilla conversa con la Parca atrincherado de acrílicos, pasteles, tintas, acuarelas, mucho de tecnología, candor sin rubores, y, por supuesto, las letras tempestuosas y sórdidas de Arthur Rimbaud.

 

Volvamos con nuestro pensador de cabecera, André Comte–Sponville, que se cuestiona: "¿Qué es la muerte? No lo sabemos. No podemos saberlo. Este misterio último vuelve misteriosa toda nuestra vida, como un camino que no sabemos adónde va, o lo sabemos demasiado bien (a la muerte), pero sin saber que hay detrás –detrás de la palabra, detrás de la cosa–, ni siquiera si hay algo".Para, luego, afirmar: "El hombre es un animal metafísico; por eso la muerte es, siempre, su problema. Un problema que no hemos de resolver, sino afrontar."

 

Por su parte Cicerón concreta: Toda vida filosófica es un commentatio mortis. Respondiendo a la afirmación de Platón, que la toma de su maestro, de que  la filosofía es una meditación de la muerte. Por su parte, en El laberinto de la soledad, un Octavio Paz esclarecido, poeta siempre, puntualiza: "Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida. Por eso cuando alguien muere de muerte violenta, solemos decir: ‘se la buscó’. Y es cierto, cada quien tiene la muerte que se busca, la muerte que se hace. Muerte de cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir. Si la muerte nos traiciona y morimos de mala manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La muerte es intransferible, como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres".

 

Martin Heidegger, pensador alemán, define en "Ser y tiempo" a la muerte como algo que se presenta en el ahora de la vida del hombre. Ya Séneca nos afirmaba: nada es tan cierto como la muerte. Y Agustín de Hipona: "todo es incierto; sólo la muerte es cierta”. Sartre, no sin cierta displicencia, contextualiza: “todo lo que existe nace sin razón, se prolonga en la debilidad, y muere por casualidad." Para concluir que la muerte es solo "una aniquilación que en sí no es más que una de mis posibilidades". Montaigne, ya de antes sentenciaba: "Quitémosle lo raro, acerquémosla a nosotros, acostumbrémonos a ella, no tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte", tal vez pensando en la propuesta de Epicuro: para qué preocuparse de la muerte si cuando el ser humano vive, ella no está presente; mientras que cuando ella llega, él ya no está.

 

¿Nuestro amigo Nietzsche que tiene que aportar al respecto? En su modo de apreciarlo, la experiencia más profunda de los griegos, que nuestro pensamiento de aquellos lares procede, se externa en las voces de Silenio, que por intersección de Midas y a nombre de Dionisios, conjura a los mortales pedestres: "Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es –para ti– morir pronto." No obstante, existe una fuerza demoledora y única para contrarrestar este flagelo existencial, este pesimismo profundo: el arte. En una opinión juvenil de nuestro filósofo es, precisamente, el arte el que proporciona sentido al ser: "sólo como fenómeno estético están eternamente justificados la existencia y el mundo." El arte es de igual, el poder único para salvar al individuo del dominio de la muerte.

 

Podría ser que toda meditación al respecto sea fútil, vana e irrelevante. Es plausible que sigamos muriendo ciegos, torpes y medrosos. Que de mala manera abandonemos estos lares donde creemos encontrar el ansía inmemorial, lo no mensurable. Que sigamos inventándonos Valhallas, Paraísos, Edenes, Shangri Las y toda suerte de imaginarios nirvanas para no enfrentar que el Universo no está hecho a nuestra medida, que no somos el centro de creación alguna. Que los dioses y los cielos son invenciones de nuestros miedos primitivos, ancestrales, de nuestras más insulsas esperanzas. Pero, ¿quién va a quitarnos esa posibilidad de imaginarnos inmortales o al menos de contar con un alma inmortal? ¿de querer creernos las falacias que nos hemos labrado para conmemorar nuestra estulticia, pavor y atribulado deambular por esta tierra, por esta realidad, que no nos  pertenece?

 

Señores y señoras, el único infierno, o el elusivo paraíso, somos nosotros. El único vergel está en las calenturientas sendas de nuestra férvida imaginación. La salvación es solo un olvido, no piadoso, procaz. Ya nos lo anuncia Borges en su iluminada ceguera: Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón. Así que, desdichado mortal, suplica para no estar penando en las absurdas remembranzas de nadie. Para que el olvido protervo sea señor de tu osamenta. Para, como anotase el griego: la tierra te sea leve. Y si te visita la muerte, acógela con vehemencia, con desmesura. Solo cumple su trabajo. Muere y olvídate.

 

 

Manuel E. Montilla

En un día cualquiera de este noviembre pertinaz,

bajo la oscura concavidad de cualquier necrópolis,

en esta Mesoamérica extraviada y venturosa.

 

 

 

 

 

Una temporada en el infierno

(Arthur Rimbaud- Fragmento)

 

 

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín

Donde todos los corazones se abrían, donde corrían

Todos los vinos.

 

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. –Y

La encontré amarga– Y la injurié.

Tomé las armas contra la justicia.

Huí. ¡Oh brujas, oh miserias, oh rencor a vosotros

Fue confiado mi tesoro!

 

Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda

Esperanza humana. Salté sobre toda alegría, para

Estrangularla, con el silencioso salto de la bestia feroz.

Llamé a los verdugos para morder, al morir, la

Culata de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme

Con arena, con sangre. La desgracia fue mi dios.

Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del

Crimen. Y jugué unas cuantas veces a la demencia.

Y la primavera me trajo la horrible risa del idiota.

 

Pero, hallándome recientemente a punto de lanzar

El último graznido, se me ocurrió buscar la llave del

Antiguo festín, donde quizá recuperara el apetito.

La caridad es esa llave. –¡Esta inspiración demuestra

Que he soñado!–

"Seguirás siendo hiena, y más....", exclama el

Demonio que me coronó con tan amables amapolas.

"Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo,

Y todos los pecados capitales."

 

Ah, demasiado harto estoy de eso: –Pero, querido

Satán, te conjuro: ¡una pupila menos irritada!

Y, en espera de algunas pequeñas infamias que se

Demoran, para ti que prefieres en el escritor la ausencia

De facultades descriptivas o instructivas, desprendo

Estas horrendas hojas de mi cuaderno de condenado.

 

 

 

Existencial

(Alfredo Augusto Castillo – ALAUCA)

 

 

No soy mío

No soy de nadie

 

Simplemente de mis gusanos

 

Sin saber de dónde vengo

Sin saber hacia dónde voy

 

Simplemente

 

Sin temor a la vida

Sin temor a la muerte

 

Simplemente

 

Vibrante en esta espiral

Interlúdica del consciente

 

En la cual me encamino

Cual un viajero iluminado por propia luz

En un sendero desconocido

Hacia mundos estelares

 

No soy mío

No soy de nadie

 

Simplemente de mis gusanos

 

 

 

NOTA: El público que se convocó al Punto de Cultura del Nido de las Artes (Barrio Bolívar, David, Chiriquí, Panamá) en el acto inaugural, el 2 de noviembre, pudo apreciar una veintena de obras de Alfredo Castillo (Alauca), en las técnicas de arte digital y acrílicos y otras tantas creaciones de Manuel Montilla en acrílicos, acuarelas, tintas y arte digital intervenido. Además una pequeña instalación de Kelen Kraus, como artista invitada.

 

El público y los poetas presentes leyeron textos de Rimbaud, Alauca, Julio Cortázar y de los bardos especialmente convocados David Robinson, Alcides Fuentes y Luis Osorio. La música estuvo signada por el grupo alternativo Tiburón Amarillo con el preestreno de su última producción: La Paila.

 

La exhibición se extiende del 2 al 30 de noviembre de 2017. Y fue un esfuerzo organizativo de Fundación para las Artes Montilla e Hijos, Pinacoteca de Arte Contemporáneo de Chiriquí, IWS Panamá, Oferta ARTE Panamá, Sistema Editorial Fundación, Punto de Cultura Nido de las Artes y Producciones ALAUCA.

Manuel Montilla

 

Panamá, 1950. Viandante, artista multidisciplinario, editor, investigador visual, emprendedor cultural, curador de arte, diseñador gráfico, comunicador social, bibliófilo, coleccionista. Director Ejecutivo de la Fundación para las Artes Montilla e Hijos, de la  Pinacoteca de Arte Contemporáneo de Chiriquí y del Sistema Editorial Fundación. Vive en David, Chiriquí, donde se dedica a las  investigaciones artísticas y literarias, a la edición alternativa, al diseño, a la fotografía conceptual, al arte público y a la gestión cultural y patrimonial. Es representante y curador para Panamá, desde el 2000, de la Bienal Internacional de la Acuarela del Museo Nacional de la Acuarela Alfredo Guati Rojo, en Coyoacán, México. Representante Nacional para Panamá de la International Water color Society (IWS). Deambula en silencio por los caminos de una Mesoamérica plena horizontes.

Alfredo Augusto Castillo Thomas

(Alauca, Panamá, 1951)

 

Con estudios en Costa Rica, 1975. Egresado de la Escuela de Bellas Artes de Chiriquí, 1979, como Técnico en Artes Plásticas. Ingresa en la Casa del Arte, Panamá, 1980, donde continua su periplo de aprendizaje, de arte y de vida, con Maestros como Eugenio Dunn, Desiderio Sánchez, Juan Bautista Jeanine, Fortunato Miranda, el escultor Francisco Cebamanos, el fotógrafo Félix González, los dibujantes Earl Denis Livingstone, Arcadio Herazo, los pintores Rigoberto Guerra, Ubaldino Ramos, y el abogado Mister Lay. En 1991 retorna al lar vallelunense e inicia su labor fecunda como fotógrafo forense en el Instituto de Medicina Legal de Chiriquí, donde labora por más de veintiséis años. En la actualidad, retirado de las prácticas de la fotografía forense, se dedica a plasmar, en dibujos, óleos, acuarelas, fotografías y técnicas digitales, a los personajes populares del pueblo, a desarrollar su obra pictórica personal y a escribir sus versos en un libro de próxima publicación Interludio consciente de versos y poesías.

 

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