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 ReVista OjOs.com     MAYO DE 2017

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

EL ALMOHADÓN DE LA MENTIRA PIADOSA

(1.989)

 

Para Luis Arango Rodríguez.

 

 

En mitad de una frágil noche temprana, apta para cometer atentados popólíticos, quebradiza, perezosa, timorata y tibia de septiembre y con la ausencia de Venus en el curvo horizonte, entra al nuevo edificio del Hotel De Siempre, y sin tener reserva escrita o paga que le asegure cupo libre, una embarazosa y embarazada mujer joven en busca de una habitación en el segundo piso para pasar la noche en ella porque acaba de llegar de la Perla del Fonce y mañana muy temprano tendrá que internarse en el poco atractivo hospital González Valencia para ejecutar allí el alumbramiento. De su hombro derecho y torneado cuelga silencioso y absorto un bolso guajiro colorido y simpático y en conveniente concordancia con su maternal estado, calzados sus hinchados pies con planas sandalias para no fastidiar al feto de su placenta, empuja un coche nuevo para bebés, repleto su interior de paquetes envueltos en papel regalo para su próximo hijo. Doña Sixta asiente, cobra por anticipado en efectivo, pide que llene con buena y clara letra el registro de ingreso, entrega llave y control remoto del televisor a colores y ella misma, muy solícita porque la nota nerviosa, tensa y apresurada, la bien acompaña hasta el segundo piso. Mientras suben peldaño a peldaño las escaleras, doña Sixta Tulia, rondando ahora los sesenta y ocho abriles que más parecen octubres y con la voz más suave y menos cascada que impostar pudo sin esfuerzo, le dice de repente parece que van a ser trillizos o por lo menos mellizos robustos y ella, no muy serena, le contesta deinmediato que, guardadas las desproporciones, mellizos y robustos sí, porque el papá juega baloncesto en las ligas menores de Cali, Valle del Cauca. Después silencio. Silencio incómodo. Mientras lentas trepan las empinadas escaleras, doña Sixta Tulia, nostálgica y melancólica un tris, recuerda, como si fuera antier, el dulce tamaño de sus tres preñados vientres y concluye que jamás antes había visto una barriga embarazada tan inflada. Llegan a la alcoba, la huésped abre la puerta, entra, antes de cerrarse voltea, le da la mano diestra a doña Sixta y la calidez del apretón se le hace a ella fingido y un tanto siniestro. Y ojo alerta de búho y avizor de águila cazadora, que cuando la sagaz dueña de este sorprendente hotelillo sin estrelladas estrellas presiente irregularidades, por algo será. Baja, con riesgo de irse de bruces peldaños abajo, de dos en dos los alfombrados y mudos escalones, entra sin golpear a la alcoba mariana de su hermana menor y le dice:

 

-Tía, ha llegado a la 209 una dama embarazada y muy sospechosa-.

 

-¿Sospechosa de qué o por qué?-, pregunta Tía, amodorrada y apocada por la continua, inútil y automática repetición reiterativa de tiernas avemarías y paternales padrenuestros que encadenan el rosario en vano.

 

-No sé. Sospechosa y ya. ¿Se acuerda usted, Tía, de la alienígena Salustiana?-.

 

Pues claro que sí me acuerdo.

 

¿Y qué quiere que yo haga?-.

 

-Que me ayude-.

 

-¿A qué?-.

 

-A esconderme para poder observarla sin trabas ni testigos, por favor-, este suave por favor de doña Tulia fue definitivo para lograr la ayuda de Tía.

 

-Explíquese-.

 

La estrategia de su hermana mayor y viuda consistía en amontonar al final de cada extremo del pasillo una buena y alta cantidad de materos para armar un parapeto, una trinchera, traer dos amables butacas, aplastarse sobre sus cojines y así, mimetizadas las dos, situarse en la penumbra vaga a esperar silentes, impacientes y pacientes el sorprendente acontecimiento por venir. Acuciosas y veloces, la consanguínea pareja arma muy pronto, y sin casi ruido hacer que las delate, un par de parapetos vegetales para espiar a la tildada de sospechosa. Distraídas en su laborioso trajinar para esconderse y cansadas de esperar y respirar pasito en vano, las dos ancianas hermanas se quedan dormidas y no  ven cuando la huésped, empujando el cochecito cargado de regalillos y sin señales de embarazo en parte alguna, sale de su alcoba y entra en la contigua. Fluye, mana, pasa y corre el tiempo a su usual velocidad y antojo y nada bueno ni malo ocurre. Cuando, después de hora y media de modorra y sueño, un contrario Morfeo se aparece en dos hermanables porciones partido, levitante y presto para alejarles el sueño, la puerta de la vecina y contigua habitación 210 se abre sin que las aceitadas bisagras rechinen ni se quejen y para sorpresa de las hermanas, oronda salen la sindicada con su vientre plano y liso y el cochecito cargado de regalos, entran a su propia alcoba, de cuyo interior no la vieron las espías hermanas salir, se demora quince minutos dentro, tal vez maquillándose la tez o los dientes cepillándose, toma el bolso guajiro, se lo guinda del mismo hombro en que lo tenía colgado al ingresar, cruza la puerta y baja silenciosa con el coche para bebés a la recepción. Las dos seniles hermanas, puestas de mudo y mutuo común acuerdo por señas que atravesaron el pasillo, no la detienen. La mentirosa despierta con sonoras y falseadas toses al dormido recepcionista nocturno, muestra el recibo de pago, lo arruga y bota en la papelera, pide que le consiga un taxi porque quiere marcharse y se va con toda su embustera preñez sin que las hermanas Guane se crucen en su huída o intenten detenerla.

 

-Ya se lo decía yo, Tía, ¿ahora si ve que tuve razón?-.

 

-Sí. Bueno, me voy a rezar, que estoy atrasada y quién sabe qué pensará la virgencita esa que llaman la dolorosa-.

 

-Tía, espere tantico, que su virgencita, llámese como se llame, del agarradero, del perpetuo socorro, de los dolores o quizás de la macarena, la entenderá y si no, pues no le rece, no se apresure ni corra de a mucho, porque se puede trompicar, mejor acompáñeme más bien a revisar la 209, por favor-.

 

Van, y tal como doña Sixta Tulia había premonitado, la cómoda cama, sus dos almohadas, el cuarto del baño, el rollo del papel higiénico, toalla y toallón, tapete pie de cama, jabón de avena y miel, barato y quebradizo cenicero de vidrio, escupidera de latón, televisor japonés a colores y su control remoto, ventilador Sony de cuatro aspas y tres velocidades y el resto del menaje están intactos, nadie los ha usado. Pero Tía, muy a su pesar desinteresada y olvidadiza por un par de segundos, que le parecieron tres o siete o cuatro, de los tediosos y aburridos misterios gozosos, dolorosos, gloriosos o mentirosos, advierte que hay una tercera almohada, arrugada y más grande que las de norma para una alcoba sencilla. Es el truculento almohadón de plumas de la mentira que no vuela ni planea volar. Es el remedo del inocente e inexistente par de rollizos mellizos procreados por un jugador de baloncesto mentiroso y caleño. El par de hermanas sonríe sus labios hasta las respectivas y encanecidas sienes y se aprietan, en señal de victoria, las manos solidarias y hacendosas.

 

-Nos salimos con la nuestra-, en coro, dúo, al alimón, dicen la verdad.

 

Antes de empezar a aceptar el saludable y benefactor acatamiento de las insinuaciones sinuosas y antiquísimas del dios griego de los sueños, doña Sixta Tulia reflexiona en silencio sobre el anterior suceso embarazoso y concluye, satisfecha, que no hubo vencedoras ni vencidas. Ella, la mentirosa y enamorada mujer, en su cercana lejanía sexual cree haber cumplido a cabalidad su propósito: engañarme. Y yo, la que piensa mal y acierta bien, con la ayuda de Tía y en mi lejana cercanía mental he cumplido con el mío: no dejarme engañar por la engañosa engañada. Luego voltea su aún laborioso cuerpo hacia el lugar en donde de pie está Morfeo y le dice en español venga, siga, acuéstese conmigo y a la izquierda de Athanase, pero no ronque. Como el dios griego le hizo caso y no roncó, doña Sixta durmió bien al lado de los dos señores europeos y se levantó temprano, tanto, que pudo estar presente cuando el huésped de la CCX se encaramaba al taxi de Tito Chapuza que lo llevaría al casi siempre cerrado aeropuerto Gómez Niño, pudo también tomar a la carrera el mentiroso y embarazador almohadón, lanzárselo a la cara a través de la abierta ventana del taxi y decirle, sonriente y ufana, que ahí y como recuerdo de sus hazañas, se lo dejó doña Azucena Avellaneda, la dama del CCIX.

 

-¿Y qué pasó luego?-, quiso Tía saber.

 

-Nada, o casi nada, que Tito regresó en hora y cuarto del aeropuerto con el almohadón entre el baúl y me dijo que su pasajero no sabía nada al respecto, que quién era esa tal Azucena Avellaneda y que no tenía por qué llevárselo para su hogar.

 

-¿Y…?-.

 

-Pues nada, que lo voy a tender al sol y a la resolana del solar tres días seguidos para despercudirlo a fondo y después lo pondré como parte de la dotación de una de las alcobas matrimoniales, que no serán, claro está, ni la CCIX ni la CCX.

 

Ese mismo día alquilan las dos alcobas de marras, que son de inmediato rechazadas por sus ocupantes pues ni televisores ni ventiladores funcionan. Llaman a un técnico televisivo y a otro eléctrico pero no dan con el chiste ni menos con la solución. Doña Tulia y Tía les brindan ayuda y cuando la segunda por azar mueve uno de los televisores, lo siente más liviano. Entonces doña Tulia le pide al técnico que lo abra para verle los intestinos, en donde no hay nada: se han llevado todas las vísceras y aparatos que generan las imágines y dejado tan solo el cascarón y la pantalla. Sospechando lo peor, también sopesa el ventilador, lo nota liviano, ordena que lo destapen por la base y constata que el motorcito de medio caballo que empujaba las aspas también y tan mal ha desaparecido. Urgidos y tratando de no sonreír, los dos técnicos y las dos hermanas, que por el contrario no quieren reír, van a la alcoba vecina solo para repetir la historia. La maldita pareja, mientras fingían hacer el amor, o haciéndolo, han cometido el robo y encaletado después el malnacido botín en el interior del cochecito para bebés.

 

-Claro, Tía, en las cajas de los regalos no había nada, salvo, creo yo, alicates, destornilladores, sierras y serruchos pequeños, tenazas, patecabras, tijeras, cizallas, punzones u hombresolos. Y después, junto con las herramientas, metieron lo robado en las mismas cajas-, concluye una detectivesca doña Sixta.

 

No hay más camino expedito y libre que carcajear a fondo hasta cuando ella diga basta con el índice derecho puesto muy serio sobre sus labios ambrosíacos. Esa mismísima tarde, que doña Sixta Tulia no malgasta el tiempo tierno della en tontas dubitaciones, ordena adquirir en la Casa Hermes los repuestos hurtados para que los japoneses televisores y ventiladores entretengan y refresquen y deje de este veloz modo las dos habitaciones listas para ser de nuevo alquiladas. Pero la pareja de ladronzuelos de oportunidad y de hoteles pequeños no han demarcado ni clavado mojones, fronteras ni talanqueras a sus codicias porque tres días más tarde dos nuevos huéspedes, consecutivos, malhumorados y casi a gritos, se quejan de que sus respectivos sanitarios no funcionan y están atascados. Doña Sixta, amoscada y sin que se le note o se le intuya su sutil sonrojo, les ofrece una amplia sonrisa de embustero marfil santandereano del sur, por lo menos doscientas treinta y siete disculpas hipócritamente comerciales y ojalá con posterioridad rentables y de ñapa un oportuno y sustancial descuento, también farsante aunque no provechoso, del veinticinco por ciento a cada uno dellos y los cambia de inmediato de habitación. Avaros, aceptan la rebaja y se quedan, aunque no sonríen ni mucho menos agradecen, que estos, ni pujando, son ahora, ni han sido antaño ni serán en el futuro hipotético los usuales, ajados, desleales y manidos comportamientos de quienes tienen por faro la tacañería. Le dice a Tía que, mientras ella acompaña a los huéspedes a sus nuevas alcobas, vaya y revise los tanques de agua, porque está convencida hasta los tuétanos de que ese par de picarillos ha escamoteado también los sistemas hídricos que por succión y a través de las tuberías de las aguas negras se llevan las cobrizas heces de sus queridos y consentidos huéspedes hasta las repelentes riberas del Río de Oro. Doña Sixta le pide a Tía que de inmediato se ponga al habla con el señor plomero para que en el lapso de media hora venga en su motocicleta Kawasaki, compre en la plomería lo que haya que comprar, arregle de los dos sanitarios lo que haya que arreglar y cobre de su bolsillo lo que no deba cobrar. Tan afanada estuvo la hermana mayor de Tía, dedicada a corregir las fallas y a reemplazar las carencias que causó la pareja de cacos de poca monta y largas manos y de igual o peor manera tan ensimismada pensando qué otros artículos esos avivatos le habían birlado, que olvidó por completo y durante tres días revisar los cercanos alrededores de las habitaciones de los dos amantes hasta cuando, en la madrugadora madrugada del cuarto y para su pasmo y posterior y fuerte recriminacción, se percató de que una fotografía, tomada antaño por la germana Tostmann, de don Pedro José Calibre, con borsalino a elegante bordo de su casi calva cabecidura, colgada con amor y nostalgia por ella en un recoveco del pasillo, había desaparecido junto a siete cajas de cien palillos cada una, once rollos de papel higiénico de colores pasteles y doble hoja, tres transparentes paquetes con doscientas servilletas cada uno, cinco docenas de pastillas de jabón de baño, quince sobrecitos de champú anti caspa, tres saleros, nueve pimenteros, cinco azucareras, cinco pitilleros, nueve servilleteros nuevecitos, dos cucharas soperas, siete dulceras, dos tinteras, tres tenedores y siete cuchillos que mantenía guardados en una alacena a la espera de emergencias. Y con respecto al almohadón dejado por ella en el solar para que la resolana se encargara de ahuyentar con sus ardores a las plagas de ácaros y parásitos que buscarían el algodón para allí, bajo su blanco amparo y  amarillo calor, levantar sus guaridas y sus nidos de amor y nacimiento, nada bueno se pudo hacer porque, cuando se acordó de él, ya estaba en hilachas colgando de las cuerdas de alambre en que lo había dejado para después sumarlo a la dotación de alguna de sus maravillosas alcobas, que si hablar pudieran de quienes han dormido en ellas más de lo que aquí se ha escrito dellos, de redomadas mentirosas serían tachadas.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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